Prensa

Entrevista personal sobre mi labor teatral en EL MUNDO

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Performance

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La propuesta parece, a priori, muy sencilla: una pareja discute en una habitación desnuda, con los únicos ingredientes de una cama y una botella de vino. Pero ya en el prolongado silencio que abre la obra advertimos la complejidad de su sencillez, porque esta pareja, sus idas y venidas, la violencia terrible que se desarrolla a lo largo de toda la representación, la pasión anhelante y jamás encontrada en ella, el egoísmo y la aniquilación en él, todo el drama interno y la ceguera que desde fuera apreciamos en el devenir de ambos, nos envuelve y nos aísla en su abismo, un abismo por el que cualquiera de nosotros ha pasado, pero un abismo -he ahí su complejidad- distinto para cada espectador: un verdadero abismo animal.

Y es porque las grandes obras se forman a base de pequeños detalles, vemos que la utilización de los objetos, la sincronización de bailes y melodías, el pausado in crecendo de esa violenta y más que cotidiana realidad de los amantes -de esos amantes que se interponen entre ellos mismos y el amor- termina por cautivarnos. Pero cuando hablamos de esa conjunción armónica entre la pareja protagonista no sólo lo hacemos de su magnífica dirección, sino también del uso coreográfico, tan certero, tan bien emplastado, tan eficaz; lo hacemos de esa música evocadora, que envuelve las palabras adueñándose de ellas, aglutinándolas, armonizando con ellas mismas; lo hacemos de su iluminación, que aunque más que correcta, uno llega a preguntarse si no hubiera sido el éxito de los actores y la atmósfera creada a su alrededor elementos más que suficientes para contextualizar la acción, encontrarnos ante ese teatro desnudo, ese diálogo directo y puro entre actor y espectador en la comunión más sincera; y hablamos, por último, de su vestuario, el cual ensalzaba aún más determinados aspectos, como pudieran ser la actitud de los personajes o incluso el espacio delimitado por los mismos, recordando, sólo con ese vestuario, la sensación de encontrarnos en la habitación de un viejo hotel, en la última noche en que los amantes se hablan por fin a la cara y ya se despide el amor.

Performance, obra de Jorge Moreno galardonada con el Premio Asturias Joven de Textos Teatrales en el 2004, aparece en una primera lectura como un simple toma y daca entre los intérpretes, como un continuo juego de palabras. Es en su transposición a la escena donde advertimos las tremendas posibilidades del texto, guiado de la mano de su director Alberto Iglesias, que hace explotar ante los ojos del espectador una obra de cabeza, corazón y estómago.

Llega el turno de los actores -el propio Jorge Moreno y su oponente en la ficción Ana Blanco-, sobresalientes en todo momento, sin hacer decaer el perfecto marco escenográfico que los circunda, pero tampoco ensombreciéndolo: la armonía perfecta. Tan certeramente ajustados a su papel, tan profundamente evocadores y crueles, tan dignos de admiración, que resultaron justamente merecedores del fervor que su público les dispensó, desde aquel enamorado que, envenenado por los frutos del pasado y la agonía del presente asiste a la obra con ira, hasta el soñador pacífico que aún ha de reconocer su verdadera naturaleza ante ellos.

Qué se puede decir del verdadero arte cuando sobran las palabras. Porque, en este caso, aquí, no resultan productivas. No se puede explicar aquello con lo que soñamos y sufrimos día tras día, y aquello que hemos padecido por nuestros propios sueños una vez representados. ¿Qué se puede decir entonces con estas simples, inútiles palabras? Véanla. Entenderán de qué hablamos.

NÉSTOR VILLAZÓN La Ratonera

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Bebé

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Crítica Carlos Gil en Artez
14 de Marzo de 2003

Alberto Iglesias es un joven dramaturgo, un hombre de teatro, que trabajo muy bien la situación, que elige la fragmentación, pero que es capaz de casar diversas referencias estéticas, como si en esta su casi primera experiencia de creador total, hubiera puesto sobre la escena sus antecedentes, sus maestros, su declaración de principios. Y debemos asegurar que la obra funciona, que hay personajes, que hay un buen tejido textual, que sabe darle progresión dramática, emocionar, comunicar, instalarse en esas tinieblas interiores de estos dos seres que vemos defenderse frente a nosotros del destino y la incapacidad de asumir los hechos fuera del empozoñamiento. Y siguiendo la cronología histórica, el monólogo final es el famoso “To be or not to be…”, porque Shakespeare escribió su “Hamlet” al poco del suceso, es decir la vida impregnando la creación. Todo dicho en lenguaje actual, con un gran esfuerzo actoral, conjugando lo físico, con el texto, lo que requiere una entrega y una ductilidad que la pareja ofrece sobradamente. Una buena muestra de un teatro de sustancia formal y de contenido.


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Crítica Fernando Llorente.
El Diario Montañés. Marzo 2003.

Alberto Iglesias, en su condición de autor, ha construido un entramado de palabras que, aun molestándose mutuamente, al tiempo se necesitan y se prestan todas ella a soportar una experiencia, la muerte de un hijo, destructiva, autodestructiva, una vivencia que se trata de expresar para entenderla, por medio de una palabra con tanta carga de emoción desatada como escaso bagaje de esperanza en librarse de ella o de que, al menos, ocupe el lugar vacío del corazón que le corresponde, y lata a su mismo ritmo. Y al servicio de ese entramado de palabras pone Alberto Iglesias, en su condición de director de la obra, todos los registros propios del lenguaje teatral: la oscuridad de la iluminación, la sobriedad de la escenografía, la solemnidad de la música, incluso el esquematismo de los actores, Cristina Samaniego y Luis Oyarbide, en los personajes de padres, en dos momentos históricos distintos y distantes, que han perdido a un hijo.
Sabe Alberto Iglesias, y nos lo recuerda desde el escenario, que entre el dormir y el morir media la diferencia de que de aquel se despierta para soñar pesadillas, como también sabe que, tal como tengo escrito en otro lugar, “ser o no ser” es una proposición falsa.

Crítica Fernando Andujar.
Heraldo de Aragón. 30 de noviembre de 2003

La Machina Teatro presenta en el teatro de la Estación “Bebé”, espléndida obra original de Alberto Iglesias [...] La pieza, admirablemente escrita, explora en el mundo de la pareja para ofrecer una aguda descripción de sus encuentros y desencuentros. [...] Con una iluminación y una música incidental que apoyan a la perfección el extraordinario trabajo interpretativo de Cristina Samaniego y Luis Oyarbide, en el estudio psicológico de sus personajes y la expresividad que les imprimen radican los
principales méritos de un espectáculo que, situándonos desde un principio en su registro más alto, acierta a mantener un ritmo que se diría que aún crece en intensidad.

Crítica Gustavo Moral.
Alerta.13 de Marzo de 2003

Es Tragedia y con mayúsculas, con la misma profundidad que las que inauguraron este género en los textos de los autores de la Grecia Clásica. Pero en ésta, más allá del horror de la muerte, tenemos una propuesta tan creíble y real que se sumerge como una cuchillada en el costado de nuestro alma, inmóvil y aturdido desde la butaca. A día de hoy, volver a ver a los clásicos puede resultarnos en ocasiones tragicómico, sin necesidad de recordad ciertas funciones que no hace mucho tuvimos la suerte -o desgracia- de presenciar. Con la de Alberto Iglesias no hay posibilidad de dudar ni por un instante de la eficacia de su texto, hay entregarse a una catarsis pública y enfrentar los miedos propios ante uno de los aspectos más reales de la vida: la muerte.
Este título necesita ser visto y, sobre todo, ser sentido en escenarios de muchas partes. Ya les digo, no es teatro fácil ni de entretenimiento, es teatro que nos pone cara a cara con nosotros mismo y que nos hace sentir… sentir.

Me la maravillaría yo

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Crítica Ana Belén Rodriguez de la Robla
El Diario Montanes. Enero de 2003

Un montaje sobrio y sugestivo, una dirección impecable, una interpretación harto loable y un texto valioso con, incluso, alguna exquisiteces destiladas, hicieron del estreno de “Me la maravillaría yo” un acontecimiento teatral difícilmente relegable, una revisión de las jaulas y esperanzas que sobre nosotros pesan.


Crítica Fernando Llorente.
El Diario Montañés. 23 de Noviembre de 2003.

[...] se estrenó la noche del viernes en el Serantes Kultur Aretoa [...] Y lo hizo con éxito rotundo, aplaudida por los más de seiscientos espectadores que llenaban el aforo.
Expone, pues, Alberto Iglesias a la consideración del espectador una farsa existencial, que combina sabiamente los componentes de la comedia, como farsa, con los del drama, cuando no son los de la tragedia, en cuanto que existencial.
El trabajo de los actores, ajustadamente dirigidos por Alberto Iglesias, tiene un carácter coral, lo que se traduce en que cada uno acomoda con precisión, brillantez y riqueza de registros, su interpretación al personaje.
Talento sensible que supone inteligencia y gracia. La inteligencia auténtica es un arma de doble filo, pero sólo corta, sin herir, por un lado, el de la sensibilidad: las de Alberto Iglesias, que nos la maravilla él. Y el elenco.

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Crítica Gustavo Moral.
31 de Enero de 2003

Iglesias nos ofrece motivos para reír y otros para permanecer en silencio, digiriéndolos y meditando. Tras su monumental drama ‘Bebé’ ahora nos propone algo más cercano a una comedia, que sin serlo hace que el público responda y se implique a cada paso. Hay respuesta por el contenido y también en un montaje que utiliza técnicas y movimientos dotados también de sentido. Una obra escrita y pensada para ser hecha como se hizo, al texto hay que añadirle la puesta en escena -precisamente ésta- para poder abarcarle en toda su extensión y profundidad.
un espectáculo que tiene vocación de trascender más allá de una anécdota y que merece ser visto y admirado -comprendido, criticado, aceptado, rechazado, sentido, investigado, leído, exportado a, trasmitido- en muchos más escenarios.
De la dirección añadir que es heredera del propio texto, coherente con él mismo y con el autor que firma ambos elementos, como otro sistema, al que pertenecer atado…

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